Todo pudo haber sido nada más que silencio.
Tendríamos que haber
soñado entonces con más fuerza,
hasta que las imágenes
del sueño
quedaran estampadas como
figuras totales
en cualquier parte del
tablero unánime.
Tendríamos que haber
hecho de los ojos
un instrumento de música,
para concentrar de otra
manera
los efímeros intervalos
de la nada.
Tendríamos que haber
convertido cada abrazo
en un único grito de
materia sin dueño
y haber llevado entre los
dientes una bandera de adioses,
más bien como memoria de
lo que pudo haber sido
que como ondulante signo
de saludo.
Y sobre todo
tendríamos que haber
definido de nuevo a la muerte.
Pero todo pudo haber sido
también nada más que sonido.
Tendríamos que haber
recogido entonces la sombra de las cosas
y haberla guardado toda
junta en un rincón del mundo,
para esconder en ella la
triste anormalidad del pensamiento.
Tendríamos que haber
convertido el amor
en un censo de los
fundamentos del olvido,
para que creciera nada
más que desde allí,
como un extraño animal
que no ocupase ningún
lugar en el presente
al saltar desde el pasado
hacia el futuro.
Y tendríamos que haber
encogido las palabras
hasta transformarlas en
neutros guijarros,
para pavimentar con ellas
el camino impasible
o arrojarlas al aire
demasiado sonoro
como manos suplentes del
hombre.
Y sobre todo
tendríamos que haber
definido de nuevo a la vida.
Pero aunque en cualquiera
de ambos casos
hubiera quedado el hombre
dispensado
de ser esta señal que
nadie entiende ni recoge,
su forma habría seguido
siendo un irónico signo
entre las nuevas
definiciones,
también seguramente
tautológicas,
de la vida y la muerte.
Voy a alargar caminos de caricia...
Voy a alargar caminos de caricia,
con algo de dulzura entre los dientes
y un garabato tibio en los cabellos,
para que el poco sueño que aún nos queda
no se nos caiga.
Voy a alumbrar tu rostro mientras duermes
y mirarlo al revés, donde no duerme.
Voy a juntar raíces por el aire,
catálogos de nieves que no caen
y sitios para párpados.
Voy a tomar al hombre por el centro
y tirarlo a rodar, a ver si llega.
Voy a tomarme a mí, ya me he tomado,
para enlazar de nuevo los cristales
con un redondo material sin tiempo.
Voy a cortar las puntas de la vida
como unas uñas demasiado largas.

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