El padre ha vuelto
en una vaharada de alma:
la dio vuelta a la
muerte, la dejó boca abajo,
deshielando;
se fue de sí
como una media luna
y por ir viniendo, azuló
el camino.
Nos estamos mirando,
sonriendo, envejecidos,
calladitos
para no molestar a la
resurrección,
respirando, él de mi
pecho,
yo, de su cielo,
tristes de alegría,
humitos que se han visto
y se juntan bien lejos.
Constelado, en el vacío,
recogió de él todo lo que
pudo
para que yo sienta ahora
el peso de su mano
viva, todavía.
Hay dentro de mí
demasiado silencio
como antes de nacer
hasta que él, anochecido,
ocupa su lugar.
Y bebemos de la misma
copa
los dos mirando el fuego
desde el fuego.
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