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Iba cantando, iba
contándome, iba abriendo maizales con el canto al canto.
Los perros lo toreaban a
Dios de tan visible.
¡Despierta, viene el día,
un pájaro se suelta de los ríos, despierta!
Le van quedando dos velas
a la luna, vela del sur, vela del oeste, mariposa, mariposa enloquecida con su
sombra descubierta.
¡No queda nadie en casa!
¡No duermas más, despierta, el agua no tiene imágenes, los caballos no
imaginan!...
Anda con el telegrama por
el monte. Voy a su encuentro, el telegrama tiene una flecha con mi nombre.
Le queda un poco de luz a
la sombra, verde, sombra del pájaro, y en seguida oscuro y esa voz con mi
nombre.
(Si pudiera salirme de mi
nombre, entrarme en el trébol con su oferta de imanes...)
-Una piedra, su caballo
casi rueda. Arena ahora. Agua. Sendero ahora.
Ahora llega aquí donde lo
aguardo, desde lo alto de su oscuro ha de leerme esta palabra.
La mañana vuelve con el
árbol. Con el pájaro. Ciudad extinta, el fósforo se apaga en el pabilo.
Conciliábulo de techos
acosados miran beberse la gota sola, la gota sucia.
¿Vuelve una luz a su
tronco de espino?, ¿vuelve el árbol por su nombre, y donde les dicen no
caminarás no se den vuelta no se den vuelta?
La vertiente se desliza,
helada.
IMAGEN TOMADA DE: http://www.eduner.uner.edu.ar/prensa-eduner-ver/29/arnaldo-calveyra-el-poeta-de-la-luz/

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